No a los doblecamiseta.

No se puede ser hincha de dos equipos.

Es imposible.

No es siquiera perdonable la, mal llamada, simpatía por más de un equipo. El hecho de que jueguen en ligas de países distintos, no es justificativo. Que en Córdoba, toda la vida hayamos sufrido las preguntas malditas “¿hincha de qué sos? ¿y de Buenos Aires?”, tampoco nos exime. No se puede dividir el corazón. Esto es amor.

El claro ejemplo de ello, es mi Nono.

Él creció en barrio General Paz, en la esquina del Hindú Club. En esa casa, pasó los años más felices de su vida, jugando al básquet y atendiendo el buffet. Pero claro, el Hindú no tenía fútbol, así que con los muchachos con los que se pasaban las horas jugando al chinchón, caminaban 15 cuadras y se iban a ver al General Paz Juniors.

Los años pasaron y tuvieron que mudarse para barrio San Vicente, pero mi Nono nunca dejó de cruzar el puente para ir a ver al Albo. Alguna vez mi tío me contó que como yerno lo acompañó a la cancha y él le supo decir: “-miralo al 5 de Juniors, la rompe, tiene 18 años, seguro llega a Boca o a River”. Capaz lo habrá escuchado, Villita, que después jugó en los dos, como para no errarle. Algo de fútbol sabía el hombre, le gustaba el jogo bonito, y por eso también le tiraba Independiente, ¡¿cómo no disfrutar del Independiente de Bochini?!. El rojo le dió muchas alegrías, y le llenó los ojos, era “El Rey de Copas”; hasta que llegamos nosotros, como para arruinarlo todo. Los nietos le salimos de Belgrano, de Talleres, y hasta uno que se decía ser de Racing de Nueva Italia, completita la pizza. Y bueno, él nos llevaba a la cancha, a todos. Si, a todos. Y nos llevó a la cancha en los 90`s, cuando podían pasar meses sin que ninguno ganara algún partido.

El Nono se veía todos los partidos, y tenía una facilidad asombrosa para compenetrarse con los equipos. Y todos, es todos. Veía los de Quilmes para después hablarle a su hermano de Buenos Aires, y hasta le actualizaba los resultados a mi mamá, que intuyo, para hacernos la contra, dice ser de Instituto y River. También alentaba por ellos.

Los fines de semana era ir para el Chateau. Un fin de semana a ver Belgrano con nosotros, y el otro a ver Talleres con mi primo. Para mi era todo un ritual ir a la cancha con él. Yo tenía 6 años y mi mamá me llevaba a la Plaza San Martín y ahí nos encontrábamos con él para tomarnos el especial que picaba derecho para el Chateau con todos los negros. Lo mejor de ir con el Nono en el colectivo, es que siempre íbamos sentados porque al grito de “¡siéntese acá tío!” todos se peleaban por darnos el asiento. Y además, que nunca nos faltaba la bolsita de caramelos ácidos para el largo viaje. Cuando jugábamos en Alberdi era más fácil: caminar 5 cuadras, subir despacito las escaleras a la Dorada, y sentarnos en el primer y segundo asiento de la primer fila, después de poner el diario abajo para no quemarnos.

Así, nos fue abrazando en los descensos de cada equipo a mi, a mi primo, a mis hermanos, a los suyos, a mis tías, a los amigos y con los años… al bastón. También hubo para festejar, claro. A alguno de todos los equipos le tenía que ir bien en algún momento, por estadística nomás. En cada categoría tenía un preferido, alguien a quién mirar o a quién hacerle la barra para contarle la buena noticia al más afortunado de nosotros. Eso sí, fútbol argentino. Siempre había un Defensores de Cambaceres – Midland en TyCSports, más entretenido que ver a quién le toca comerse 5 contra el Barcelona de Messi.

Cuando empecé a entrar en la adolescencia me empezó a hacer un poco de ruido, osea… ¿cómo podía gritar los goles de todos los equipos?. El Hindú, Juniors, Belgrano, Talleres, Instituto, Racing, Independiente, Quilmes, los clásicos, y el que sea que esté jugando en la tele y pueda dar dos pases seguidos. Como si fuera poco, nos arengaba a los nietos en Lifi, y Lifus, donde, claro, también íbamos a colegios distintos; y era el primero en preguntarme contra quién jugábamos y cómo nos estaba yendo, en la infinidad de torneos amateurs con los que me tropecé todos estos años.

Lo circular de la vida, hizo que con el tiempo nosotros empezáramos a llevarlo a él a la cancha. La última vez con 92 años, para un Belgrano – Independiente. Yo pensaba que se le iba a generar un conflicto de intereses muy grande, un insufrible calvario por estar rodeado de hinchas de un equipo distinto al de él, un hachazo al alma, un dilema existencial, pero nada de eso sucedió; a pesar de que les hicimos 4, él estaba feliz igual, porque repetía: “¡mirá toda la gente contenta que hay!”. Ese día, cuando volvíamos a su casa, se nos desamayó en el auto, y costó un Perú bajarlo a la silla de ruedas. Mi mamá y mis tías fueron tajantes: No más cancha para el Nono. Por más de que por lo bajo nos suspiraba y susurraba “¡Qué ganas de ir a la cancha…!”, ese Belgrano 4 – Independiente 0 en el Kempes, fue su último partido en la cancha.

Desde hace casi dos años ya no tengo a quién preguntarle a qué hora juega el rojo, ni a quién contarle que perdieron los “cosos” de Juniors, ni a quién relatarle que casi hice un gol en el torneito del lunes. Mucho menos me sigo preguntando cómo hacía mi Nono para dividir su corazón entre tantos equipos, porque con el tiempo entendí que él, siempre tuvo puesta una sola camiseta aunque intentara despistarnos; él era hincha de nosotros, sus nietos.

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Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser.

En casa, con mis hermanos nos peleábamos mucho. Éramos chicos, y no faltaba motivo para que se armara una discusión. Que yo quería la pata de pollo, que esas medias son mías, que yo llegué antes que vos a la computadora. Cualquier motivo era válido para que ardiera Troya. No nos pegábamos, pero empezaban los gritos, los amagues, y las corridas y algún tirón de pelos también. Mi mamá indignada. Ella prefería, no sé, veinte nosatis, antes que ver a los hermanos pelearse. Hasta el día de hoy, nos mira y nos hace completar la cita del Martín Fierro que nos enseñó a los 5 años (completar al unísono en los puntos suspensivos): “los hermanos sean … porque esa es la ley … //… porque si entre ellos se pelean, …”. Se venían los retos, las penitencias, pero no nos entraba. Encima, como si fuera poco, habíamos encontrado la forma de herirnos sin tocarnos, ni decirnos malas palabras siquiera; algo que era altamente efectivo, porque apenas uno lo decía, el otro se largaba a llorar, y hasta intuíamos que nos hacía inimputables. Las palabras que desencadenaban el caos eran: “vos sos un hincha de Talleres”. Era el agravio más doloroso que nos podíamos decir. Instantáneamente arrancaban las lágrimas, y la inútil explicación del acusado al acusador, de que realmente era hincha de Belgrano.

Èramos chicos, ya no nos peleamos. El “insulto” quedó archivado en nuestra infancia. Pero aún así, el tiempo pasó, y en otros ámbitos, todavía discutimos con amigos por Belgrano y Talleres. Somos amigos hasta que hablamos de fútbol. Y lo peor es que no siempre es con amigos. Una cosa es el “folcklore”, o el querer ganarles hasta en las bolitas, y otra completamente distinta es la violencia. Estamos enfermos. Nos comió el personaje.

Yo no estuve en esa tribuna, pero creo que todos somos culpables de lo que pasó. Probablemente, como en otras ocasiones, al ver el tumulto, hubiera dado dos pasos para atrás por miedo; pero yo también fui. Y también podría haber sido yo, o mi hermano, o cualquiera, cuando nadie debería haber sido. No hay día en que no vea a mis amigos vestidos de azul y blanco, y no les diga: muertos. Y aunque se los diga con todo el cariño del mundo, no podría soportar que alguien sólo por verlos así vestidos, lo hiciera realidad. Las palabras cada día caminan más cerca de la delgada línea que tienen con materializarse. Nos tenemos que hacer cargo. Creo que hubiera pasado en cualquier tribuna, en cualquier estadio, y con cualquier equipo. Estamos muy mal como sociedad si no entendemos que tener los colores del clásico rival no es motivo de agresión alguna y mucho menos causal de la muerte de otro hincha como nosotros. Que fue una confusión, que fue una bronca vieja, que él era de Belgrano y no de Talleres, que la mar en coche. No importa. Ojalá se haga justicia, y el instigador, el que mintió para que le pegaran, sea juzgado, se haga cargo y pague por lo que pasó, y que esa familia tenga toda la fuerza para salir adelante; pero no nos olvidemos que también fuimos nosotros. No hay nada que nos justifique, estamos realmente mal. Y somos nosotros, las personas. Ni Belgrano, ni Talleres, ni el fútbol, matan. Hicimos del fútbol algo que ya no tiene nombre, pero que refleja lo que pasa en la calle, en el día a día; esta violencia está instaurada en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no hacemos nada para cambiarla. No deberían tener que existir tragedias para que recién tomemos conciencia. No se tiene que morir un hincha para darnos cuenta que el mal llamado “folcklore” se nos fue de las manos, ¿o acaso debería tener que morirse un maestro para comprender su reclamo?.

En el medio del dolor de una familia, se mezclan los intereses políticos siempre tan oportunos, la hipocresía de quienes cantamos eufóricos en la cancha “volviste con un cajón” y ahora queremos sacarnos una foto; pero también de aquellos que se vanaglorean de estar lejos del fútbol y su barbarie, pero que se bajan del auto al primer bocinazo, o de aquellos otros que fantasean con que una adolescente se buscó morir por salir sola y con un shortcito tan corto. Todos buscando a quién señalar como culpable, lo cual es minimizar. Los medios de desinformación se hacen un festín, y llenan todas sus pantallas, hasta que mañana otra tragedia les permita seguir cazando brujas. Señalamos con el dedo, olvidamos, y seguimos sin darnos cuenta que fuimos todos, que todos somos, y que todos podríamos ser. Nosotros tenemos que empezar a cambiar.

Me parece que Martín Fierro se equivocó, fue demasiado optimista; los hermanos nos estamos devorando solos. Nos estamos matando. Tenemos que volver a hacer del fútbol el deporte hermoso que realmente es. Y los que estamos ahí, hacer que la pasión tenga lugar en la alegría, en la belleza de los colores, en los amigos y en las banderas que no dejan de cobijarnos; y no en el mal de nadie. En la cancha, en la calle, en el laburo, en el día a día. Realcemos por favor el valor de la Vida, en todos los contextos, porque le estamos poniendo un precio muy bajo; y porque por más de que nos queramos convencer, y lo cantemos en todas las canciones de cancha, desde la muerte, desde el cielo o el infierno… ya no se puede alentar.

 

 

HkBcF_e0x_930x525Q.E.P.D. Emanuel.

La vida, en palabras.

Supongo que todo mortal que pasa por una mudanza, se enfrenta ineludiblemente, sin posibilidad de deserción alguna, a hacer un revisionismo de su vida. En mi caso, al ser la primera, la revisión tuvo que remontarse al año cero de mi existencia. Extendí la estadía en la casa materna/paterna lo más que pude, pero mi vida ya no entraba en una habitación. Tanto la extendí, que además del gaste de los amigos y mis hermanos más chicos, tuve que hacer un repaso que incluyó desde mi primer escarpín, hasta los botines con el barro húmedo en la suela sin sacudir. No fue sólo poner y sacar cosas en una caja. Al menos, no para los nostálgicos, o mejor dicho “los guardatodo”, como yo. Lo difícil no termina siendo el trabajo de memoria recordando el por qué de cada cosa en cada lugar -la cual es una tarea divertida, sobretodo cuando aparecen cosas olvidadas que prometiste no olvidar-, sino que lo complicado viene ante la toma de la decisión: ¿qué dejar?.

Así, fui dejando muchas cosas de mi pasado y cargué otras para que me acompañen en el futuro. Desfondé cajas, sólo con libros que aún tenían el envoltorio. Recordé más de lo que quería recordar. Por fin me saqué de encima esa ropa que tenía porque “en algún momento la puedo llegar a usar”, y hasta escondí algunas cosas para llevar que siempre quise tener, pero que nunca fueron mías. El plan por el momento va viento en popa, no hubo reclamos.

Más allá de los chicles que compré ayer y que todavía no encuentro, las cosas más actuales suelen estar al alcance de la mano, arriba del mueble, de la silla, o amontonadas en la esquina de la cama. En cambio, para reencontrarse con el pasado, hay que buscar un poco más. En lo más alto del placard, me encontré con tres cajas grandes, con gran parte de mi adolescencia y mi niñez ahí adentro; se ve que ya había empezado a archivar, en algún momento del tiempo. De chico me las arreglaba con una pelota de fútbol, por lo que nunca tuve muchísimos juguetes; prácticamente una cantidad irrisoria si la comparo con la de mis sobrinos en la actualidad. Lo que si, encontré muchísimos cuadernos, llenos de dibujos y algunas cosas escritas.

En uno de esos cuadernos, Avón, con un kayak en la tapa, estaba la primer canción que escribí cuando aprendí a tocar la guitarra: Super Salvador. Tenía 16 años cuando la compuse, y ahí estaba, escrita en lápiz, con la hoja cuadriculada amarillenta, pero legible. La canción cuenta la historia de un antihéroe, gordito, sin super poderes, cansado del sistema, que a pesar de todo la peleaba día a día, hasta la muerte. Casi 15 años después, aún estoy orgulloso de Super Salvador, por lo que separé esa hoja con los borroneos, la letra algo temblorosa y el dibujo que lo personificaba. Entonces empecé a preguntarme qué cosas me llevaron a escribir esa canción, a darle forma, cuáles habían sido mis influencias, mis bases, la precuela a esa escritura; Super Salvador era una manera de encarar la vida, por lo que seguramente era el producto de años de querer aprender a escribir, de vivencias, de victorias y caídas, ¡tenía que haber miles de hojas y papelitos!. De manera entusiasta empecé a revolver más la caja, buscando los vestigios de ese aprendizaje, pero no encontré absolutamente nada.

En realidad, si encontré escritos, pero ninguno valía la pena.
Algunas cartas de amor que, por suerte, nunca entregué. Hojas del colegio, con… dictados. El peor error de la educación y las maestras de lengua. El dictado nos enseña a repetir, a hacer sólo lo que nos dicen, cuando nos lo dicen, y de la manera adecuada, sin preguntar y sin hablar, salvo para pedir tiempo porque no fuimos tan rápido como los demás; no fomenta la imaginación, y mucho menos la creatividad. Me parece que es mucho más productivo hacernos leer para contagiarnos a escribir, y de paso mejorar el vocabulario y la ortografía.
Pero lo más vergonzoso, fue encontrar decenas de hojas en donde sólo estaba escrito mi nombre, o mi firma, o la de alguno de mis amigos. Vergonzoso, del calibre “Juancito `98”, “ººel Nicoºº”, “..Sofa2002..”, “Willy el más mejor”, subrayados, resaltados, y otros rayoneos que decían ser firmas. Una al lado de la otra, cientos de veces, desaprovechando vaya a saber cuántos árboles que hoy nos protegerían de tantas inundaciones.
De los dibujos, en cambio, si me sentía orgulloso. En todos ellos se respiraba libertad. Desde la huella en labial de mi pie recién nacido, hasta los montones que pinté con la bendita técnica de salpicar témpera con el cepillo de dientes. Me copé mal con esa.

El tiempo se encargó de demostrar que yo no era ningún prodigio, pero entré a primer grado sabiendo leer y escribir; mi mamá no veía de lejos, y yo aprendí los números para avisar cuando venía el colectivo, así lo parábamos a tiempo. Entonces, ¡¿Cómo puede ser que haya desperdiciado tantas hojas y la mitad de mi vida, escribiendo sólo nombres?!.
Hoy, no lo puedo entender. Probablemente, en ese momento haya tenido algún sentido, habrá estado de moda, o qué se yo; pero en este momento no me saco de la cabeza que podría haber reflejado la parte más linda de la vida, y no lo hice. Si me pongo compasivo, imagino que fue la manera que esos adolescentes encontramos para decir “¡Acá estoy! ¡Mírenme!”, pero ni así. Además, ¿cómo puede ser que no haya existido un nudo, un proceso de creación en el medio, desde que aprendí a escribir “Mamá” a los 4 años, hasta “Super Salvador”?. Después llegaron otras canciones, algunos cuentos, frases, y hasta algunas cartas de amor que sí valieron la pena; pero ¿antes?.

Dicen que el ser humano, es el único animal que sabe que se va a morir en algún momento. Tal vez por eso es que de una u otra manera, buscamos dejar una huella, o tenemos otra conciencia de nuestros actos. Hoy escribo para darle pelea a la muerte, al olvido y a la suerte. Tengo la necesidad de hacerlo, para no tener tanto miedo, para que al menos mis textos tengan el valor que yo no tengo. Para acomodar ideas, pensamientos, para trasladarme a otro lugar, bilocarme, estando sentado, escribiendo. Es la manera que encontré para militar por las causas en las que creo; es el primer paso que doy para luego ponerle el cuerpo a las luchas. Me refugié en la escritura para no quedarme callado, aún en el más incorruptible silencio. Escribo, para no sentirme tan solo. Me amigué con las palabras, para nunca dejar de creer en ellas. Aprendí que se puede iniciar la revolución desde una hoja en blanco y un lápiz, para comprometerme con lo que pasa alrededor mío. O al menos, son las razones por las que me auto convenzo… ¿En serio no hice otra cosa más que escribir mi nombre hasta los 16 años?, ¿no tenía otra cosa que decir, otras inquietudes, algo que gritar?. Menemismo, la enfermera que se llevó al Diego, el helicóptero de De la Rúa, el Chino en los saqueos, los descensos de Belgrano, ¿acaso nada me pareció injusto ni me conmovió para hacerlo papel?.

Por suerte, en casa me taladraron con el lema:”El que busca siempre encuentra”, y seguí revolviendo la caja. Así apareció una bolsa llena de rastis con soldaditos mezclados, que me devolvió todas las convicciones, y me amigó con esa etapa de mi vida con la que ya llevaba peleado 45 minutos. Mientras recordaba las horas que pasé construyendo castillos y casas, apareció la guía de instrucciones de los rastis, intervenida con una fibra con mi letra, y que se corresponde con esta época que creía oscura en cuanto a la libertad y la revolución; se ve que siempre quise levantar la voz, pelear por causas nobles, aún cuando pequeño. Esa intervención, ese escrito, que data de mi niñez pre firmas, tiene la misma fuerza que me acompaña hoy para pelearle a la injusticia.  Ya todo tiene sentido, Super Salvador no apareció de la nada, fue producto de años de lucha, y por lo visto, hasta algunas fueron victorias. Una hoja en blanco y un lápiz, son armas para lograr lo que queremos. El papel en la bolsa, decía: “Papi, no la tires por favor”.

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Lucas y Martín.

No conocí a Martín. Tampoco a Lucas. O sí, no sé. Ésta es su historia, aunque ni siquiera sé si sucedió de verdad. Prácticamente no tengo certezas sobre ésta, en realidad tengo sólo una. Igualmente voy a pecar en contar la misma, así, irresponsablemente, sin conocerla, sólo para refrescar mi única certeza.

Lucas con 13 años anda callejeando por el barrio, todas las tardes. Todas las noches también. Algunos días con los chicos de su edad, otros días con los más grandes. Con buenas y con malas juntas, ahí va, boyando, entrando a la adolescencia, sin saber para dónde salir corriendo, en dónde encajar, a dónde pertenecer; como todos los adolescentes, básicamente. Y habiendo vivido cosas que ni los más longevos quizás vivieron. Diría que va eligiendo, pero el abanico de posibilidades no es igual para todos. Ahí, en Los Tinglados, Lucas y todos los demás changuitos hacen lo que pueden, la verdad es que no eligen nada, los caminos suelen hacerse embudos que te llevan a una sola dirección. Algunos dicen que a los 10 años probó el paco. Otros dicen que fue a los 8. Otros dicen que nunca.
A los 13, seguía siendo invisible para la mayoría. Su familia habrá cerrado los ojos. O no habrán podido con él. O si. O no. Los más cercanos dicen que quería cambiar, que lo gritaba. Pero nadie lo escuchó, o no lo quisieron escuchar. Dejó la escuela, y tampoco nadie le insistió. Habrá caído en cana y nadie lo fue buscar. Seguramente habrá tenido sueños y deseos; quizás una entradita a la cancha, o tener el auto ese que te muestra la tele. Esa tarde se iba a jugar al fútbol. O a meter el caño. A esta altura, da igual.

Martín, es más grande, tiene 45, familia y vocación. No sé si creía en Dios, pero daba una mano en la Iglesia del barrio. Ahí funciona un centro de ayuda a las Madres del Paco. Con todas las contradicciones que me genera la Iglesia, esa, particularmente esa, merecía que le den una mano. Ahí, en Müller, también escasean las soluciones, y abundan los problemas, la falopa, la muerte y el olvido. Amigo del cura, colaboraba con la causa, tratando de alejar a los niños de la droga, en esa lucha desigual entre los chicos y el narcotráfico. Los que lo conocían dicen que se daba maña para todo; que era el plomero, el electricista, el obrero, y todo lo que hiciera falta ahí en la Iglesia. Para otros, Martín no es más que otro `botón` empecinado en hacerle la vida imposible a los que llevan una gorra, y miembro de esa policía corrupta que también transa con los choros (cuando no son ellos mismos, claro). Seguramente habrá tenido sueños y deseos, quizás unas vacaciones con la familia, o ver crecer a sus hijos. Esa tarde estaba custodiando al cura del barrio, a ese que amenazan los narcos por sacar de la calle a las `mulitas`, en la tarea más loable de su vida. O estaba vigilanteando. Andá a saber, a esta altura, también da igual.

Esa tarde, se conocieron. A 50 metros el uno del otro, no mediaron palabra. No se acercaron más que eso. No sé bien qué pasó, se dicen tantas cosas… que un intento de robo, que pasaba por ahí de casualidad, que le sembraron un arma, que también disparó, que sólo corría de espaldas, que se enfrentó, que estaba preparado, que ni siquiera lo vió.

La bala fue certera, entró por la nuca, y salió despedida por uno de los ojos; dejando en los yuyos del baldío, un cuerpo, una mancha de sangre y una máquina de cortar el pasto. Ahí también se quedaron las bondades y las miserias de ambos. Los sueños y los deseos de los dos. Esa tarde les cambió la vida para siempre, tanto que una, se convirtió en muerte. La otra, ahora soportando el peso de haber matado a quien quería ayudar. Ya no habrá ni vacaciones, ni el auto de la tele.

Cada uno elegirá cómo verlos.
Para algunos será `un negrito de mierda menos`. Otros dirán que fue `la yuta con otro caso de gatillo fácil`. Para mi, eran Lucas y Martín. Pobres contra pobres.
Lo que seguimos sin ver, es al Estado ausente. A los culpables reales de que todos los días haya un Lucas menos, un Pedrito menos, una Laurita menos. Hoy fue el ladrón. Podría haber sido el policía, o cualquier otra persona. Hasta nos toman el pelo, y nos desvían el foco, nos tiran pedacitos de pan, y largan medidas para que tomemos partida en lugar de unirnos; nos quieren hacer creer, por ejemplo, que la solución es bajar la edad de imputabilidad. Para esos iluminados, los nenes nacen choros. La brecha es cada vez más grande, tanto, que falta poco para que nos informen si merecemos vivir o no; si es que no desaparecemos antes. O si es que nos avisan. Abajo nos seguimos matando, y a los de arriba les conviene. Con el odio entre nosotros somos funcionales a ese sistema, la desigualdad.

Como aclaré en un principio, desconozco la veracidad de cada uno de los detalles relatados, sólo tengo una certeza: Disparó uno solo, se murieron los dos.

El test del Chupetín

Nos acercamos a ver la propuesta de dos cellos, que versionaban folcklore. En la puerta de la sala, luego de cortarnos la entrada, nos convidaron un chupetín a cada uno. Este hecho que parece no tener relevancia, fue el que le dio vida a un análisis esclarecedor.

Se encuentran las personas normales, que como debe ser, chupan el chupetín. Es necesario redundar y distinguirlos. Sí, personas normales, en un todo de acuerdo a las buenas costumbres, respetando el manual de uso que seguro vino con los primeros chupetines luego de su creación. Pero existe un submundo, sui generis, en donde se encuentran aquellas que lo mastican en el mismo instante en que se lo acercan a la boca. ¿En qué cabeza cabe, que mastiquen el chupetín?. Mientras el resto del mundo, en silencio apacible disfruta el hermoso sonar de los cellos, estos encienden la máquina trituradora que tienen en la boca como si no le debieran nada a nadie, durante unos buenos segundos. No contentos con ello, después de finiquitar el chupetín, comienzan a desprender lo que quedó pegado en las muelas, primero con la lengua, y luego con las uñas, casi con la mitad de la mano adentro de la boca. Digamos que al menos, este es el mal menor, afecta sólo a los cercanos. Después de este proceso, la ansiedad de haber terminado el chupetín tan rápido y la desesperación de ver que todos aún lo tienen, hacen que esta gente comience a masticar el palito de plástico, primero haciendo un trébol, o una flor, abriendo sus hojas en las puntas, y luego cortando esos pedacitos, acumulándolos en la lengua, para que a posterior suceda lo peor… con un espantoso ruido de mini escupitajos que intentan ser silenciosos,  van desparramando los pedacitos de plástico, uno a uno. Recién cuando alguien los mira mal, caen en la cuenta de que están haciendo mugre, de que hacen ruido, de que no da. Recién ahí. Creyendo que tienen un gesto ecológico y de humanidad, en respuesta a la mirada delatora, deciden ya no tirar al piso los pedacitos de plástico, sino guardarlos dentro del puño cerrado, con esa mezcla melosa, incómoda, de saliva y caramelo que se los pega a la palma de la mano, para en un futuro cercano tirarlos en un tacho de basura. Todo esto, sucediendo antes de que el cantor grite `y se va la segunda´, en la primer chacarera de la noche.

Prefiero no ahondar en quienes hacen lo que tienen que hacer, de la manera en que hay que hacerlo. La Maga y Horacio, ya los incluyeron en aquellos que se dan citas precisas, y que necesitan papel rayado para escribirse, o que aprietan desde abajo el tubo de dentífrico. La gente bien, no necesita mucho análisis ni genera tanto cuestionamiento; hay que imitarlos, y ya. Probablemente tengan otros defectos en su vida; mal comer golosinas, no sería uno de ellos. En cambio, ¿quién puede querer a alguien que mastica los chupetines?. Esta gente es peligrosa, casi tanto como aquellos en vez de comerlos, los guardan “para después”.

Deduzco que esa persona que no puede reconocer la diferencia entre una albondiga y un chupetín, cruza por la mitad de la calle, sin mirar a los costados, y va al supermercado olvidándose la lista, para obviamente no traer ni la mitad de las cosas que necesita. Vive de tropiezo en tropiezo, simplemente por su instinto animal a flor de piel, por no detenerse ni un segundo al costado del camino. Y se pega cabezazos contra la pared, una y otra vez. Ciegamente afirmaría que también es un amante de causas perdidas, que le pone toda su pasión a cosas que no son ni van a ser. Seguro se proclama hincha de algún equipo africano en el mundial. Además de no secarse el pelo después de bañarse, ni la espalda, ni los pies; te debe escribir cuando menos debe hacerlo, y calla, cuando se le presenta una única oportunidad. Sospecho que vive cicatrizando, atesorando momentos efímeros, a lo bruto; reconociendo, una copa después, cual debería haber sido la última.

Yo no me arriesgaría a contarle un secreto a alguien así, sería como dejarle una bomba con cuenta regresiva. Inevitablemente, en cuestión de minutos, el secreto es trend topic. Esa gente es la que te arrebata el asado, la que se sube al colectivo sin crédito en la red bus, y molesta a los demás pasajeros para que les vendan un pasaje, cuando tampoco tienen cambio para pagarlo. Asombrosa e inentendiblemente, por algún motivo extraño que escapa a la lógica, cuando ellos cortan una pizza, nunca hay ocho porciones.

A modo de consejo, nunca pero nunca te involucres con alguien así. Ni lo pienses. Porque cuando menos certezas haya, cuando más difícil parezca, aún cuando del miedo le suden las manos y le corra un frío por el cuello, lo mismo te va decir que `Si`, siempre, con todo el mundo perfecto en contra. Y te va a convencer. Y te la vas a tener que aguantar. Los seduce la locura, los magnetiza la incertidumbre. Esa gente ama mucho, de verdad, sin motivos, y no todos estamos preparados para tanto amor. Hay que esquivarlos, mentirles, rodearlos, pero nunca sembrarles ilusiones. Cuando no tengamos convicción, no les pidamos compañía, porque van a estar hasta el final, nos van a dar todo, como los perros. Y como un perro, aún después de la mayor decepción, del peor reto, se van a acercar con la cabeza gacha buscando un mimo. Arden tanto la vida que hasta te pueden contagiar, hay que tener cuidado, porque en un abrazo encuentran su hogar.

Está científicamente comprobado que terminar un chupetín, mientras el resto recién le está sacando el papel, produce esquizofrenia. Se escuchan voces, gritos que no te dejan ir, que te culpan de ser un error, una falla del sistema. Probablemente el espantoso ruido al masticar que produce esta persona, sea adrede, para intentar escapar al menos unos segundos del silencio de su soledad que lo aturde una noche más.

Me animo a certificar de que pasa días y días, buscando al asesino de su suerte; y ojalá que en algún momento se le aparezca o que al menos olvide la causa, para no encontrarlo otro domingo coqueteando con la muerte, o esperando inútilmente en la puerta de la bodeguita de los cuatro panchos electrónicos y una gaseosa, para implorarle a su torpeza que le inyecte sueños hasta que llegue el otro viernes.

Todo esto ocurre, mientras la gente bien, sigue degustando una circunferencia de caramelo, y disfrutando de un show de música, mirando al frente, muy seguros de sí mismos, sin imaginar siquiera que en la profunda oscuridad, alguien no deja de envidiarlos.

Lamentablemente me topé con estas conclusiones no por mi sapiencia, ni por ser buen observador; sino porque aunque me esfuerce, aunque haga un rito en cada noche, respire hondo, le rece al Gauchito Gil, e intente imitar milimétricamente los movimientos de quienes me acompañan, no puedo lograr que un chupetín me dure más de diez segundos, y menos si es de limón.

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La Defensa de la Plaza

Todo parecía ser una tarde de verano más. Almorzar, juntarnos en la verja de Don Cirilo, comprar unos juguitos, y jugar un ‘gol entra’ en la plaza hasta que se haga de noche. Parecía, pero llegaron ellos.

La verdad es que eran unos indios. Cayeron todos en cuero, tirando piedras, con sus remeras colgando de una rama gigante que levantaban como estandarte. Eran de ahí a unas cuadras, de Puente Blanco, por eso los teníamos más o menos de cara.

-mañana les hacemos partido, si ganamos nos quedamos con la plaza.

Así sin más, nos metieron el pecho. Creo que no llegamos a contestarles, que ya se estaban yendo. En ese tiempo era normal que jugáramos contra otros barrios de por ahí, lo que no era nada normal era la magnitud de la apuesta; siempre por la coca o la naranpol, nunca pero nunca, por algo tan importante. Mi barrio es un reducto de seis manzanas, y una sola plaza. Jugábamos los que jugábamos, porque éramos los únicos nenes sub12 y +9, que había a la redonda; osea, nada de selección, ni que jueguen los mejores, ni nada de eso. Simplemente no había más nadie para jugar. Medianamente nos la arreglábamos para ganar y perder en la misma proporción, por lo que éste, podría haber sido otro partido librado al azar, a cómo nos despertáramos ese día. Pero no. Ellos jugaban con ventaja, una con la que no podíamos competir ni mucho menos hacerle frente; para ellos jugaba: Simiolón. Si lo hubieran apodado “mono”, no habría anécdota. “Mono” es simpático; podían decirle así por peludo, por hacer monadas o por vaya a saber qué cosa de seguro simpática. “Simio” ya pasaba a ser algo más violento. Había una infinidad de grados de peligro entre `mono` y `simio`. Pero… ¡Simiolón!. Era el tope de gama de los primates, algo así como nombrar un gorila, pero mucho más grande. Nuestro apodo más animal, era “Pajarito”; no daba con el pesaje. El más ocurrente, el “Cara de fiesta”, pero no sólo que no generaba temor, sino que además de no parar de reirse, vivía como a cuatro cuadras y él defendía otra canchita. Además, había leyendas alrededor de las peleas de Simiolón; nenes desaparecidos, mutilados, y entre otras cosas contaban por ejemplo, que te cortaba los cordones ¡para que encima no pudieras correr!. Claro, ¡así cualquiera se larga a conquistar plazas!.

Lo imaginarán… nos sacaba dos cabezas a todos, tenía las manos del tamaño de un cacho de bananas, el ceño fruncido, y dos orificios nasales que se veían desde la luna. Nunca nadie lo había visto reir. No era un simple partido, nos enfrentábamos a nuestro peor miedo.

No voy a mentirles. Acá no voy a contar ninguna historia legendaria ni ninguna proeza: Nosotros perdimos ese partido. Me encantaría contarles que dimos el batacazo, pero David no le ganó a Goliat. Nada de lo que pasa en las películas yankees sucedió. Nunca hice ese gol heroico en el último minuto, ni me llevaron en andas junto a mi compañero lisiado, ni mucho menos me besé con la chica más linda del barrio al final del encuentro. No, todo lo contrario. Lo cierto es que no pusimos ni las manos. Con el tiempo, en otros partidos, descubrimos que si bien ellos jugaban bien, no había tanta diferencia entre un equipo y otro. Pero ese día… ese día, nos humillaron. Éramos 8, y habremos ido unas dos o tres veces cada uno al arco, con todo lo que eso significa. Simiolón ese día salió goleador del mundo. Estupefactos Fútbol Club, podríamos habernos llamado esa tarde fatídica.

Antes de que caiga el sol, tuvimos que irnos. Habíamos perdido la plaza. Con la cabeza gacha, y el cuello colorado, volvió cada uno para su casa. Seguramente nadie más que nosotros sabía lo que había pasado, sin embargo, en esos 76 metros, en esos 152 pasos que separaban el último banquito de la plaza con el siempre verde de la puerta de mi casa, nunca me animé a levantar la cabeza; de alguna manera temía encontrarme con la mirada inquisidora de los vecinos, haciéndome sentir que éramos la vergüenza de toda la calle Maure.

En los días siguientes tuvimos que ver cómo nos jugaban en la cara. Inútil fue pedir la revancha cada día, nos la negaron siempre. O mejor dicho, la negaron siempre, hasta que se aburrieron. A ver, nuestra plaza no tenía mucho atractivo… si la dividimos en 4 cuadrantes y un centro, sólo el medio -tenía un tobogán, un pasamanos y un mástil-,el cuadrante de la canchita, y la cabina de Telecom para jugar al #19, eran lo único potable, lo único utilizable. El resto estaba plagado de árboles altísimos a los que ni siquiera podíamos subirnos y que tampoco estaban alineados como para usarlos de arcos; pero lo peor estaba atrás de la canchita: dos palos borrachos, y ciento setenta y seis rosales que había plantado el papá del Alfredo y de los cuales era muy celoso. Hacer un gol en ese arco era para valientes. En ese sentido la plaza nos enseñó a no ser  tibios, ni grises; si querías no pateabas, pero si lo hacías, debía ser fuerte, con toda, cosa de que la pelota pase por alto todas las espinas y caiga recién en la calle. A todo o nada.

Antes de que se aburrieran, como no querían darnos la revancha, tuvimos que acudir a medios alternativos de disuación. Pelear no era opción, nadie se quería hacer cargo de darle la peor noticia a nuestros familiares, las bajas iban a ser totales. Le pedimos a José que se hacía el científico, que inventara algo para poner en el agua del pico de la esquina, para que se descompusieran, o directamente que cortara el agua de todo el barrio para que se deshidrataran; por las mañanas temprano rompimos algunos rosales para que el padre del Alfredo los retara, pero eso tampoco pasó, creo que él también les tenía miedo. Parecía tan sencillo… con prender fuego a Simiolón, todo se solucionaba. Sin embargo no le encontramos la vuelta.

Después de la eternidad de cuatro días sin plaza, nuevamente fuimos a su encuentro con la misma convicción del primer día a reclamar lo nuestro, y Simiolón aburrido, respondió: bueno, penales.

Lo que nos faltaba. Las definiciones por penales y las cucarachas que vuelan, son los inventos más crueles post big bang, pero claramente era nuestra única chance. Obviamente elegimos el arco que daba al rosal, para no dudar. Piedra, papel, tijera, arrancamos nosotros. Ahí fui yo con el primero, de la misma forma en que aprendí a hacerlo el resto de mi vida: larga carrera, ojos cerrados, para adelante, y con la furia que sólo te da el puntazo de unas topper de lona. Gol, y festejo de viaje a Bariloche. Simiolón arrancó la serie para ellos. Es fácil hablar con el diario del lunes, pero les juro que cuando alguien va a errar un penal, se le nota en la cara, se le sale por los poros. Aún con el gordo Juan Pablo temblando como rama seca en el medio del arco, Simiolón tenía esa cara. Titubeó. En su carrera nomás, nos mostró que era humano y que también tenía miedo. Cara interna, suavecito al lado del ladrillo envuelto en una musculosa. ¡Afuera!, pero no sólo eso, la pelota que era de ellos, quedó hecha un puerco espin. Ahí se terminó la serie de penales, y la ocupación de nuestro territorio.

Nosotros, en un festejo de independencia, corrimos a la Gogó,  y le compramos coca y Fizz. Nos empachamos de azúcar en el medio de la plaza y después de eso izamos una por una nuestras remeras, intercaladas con las tiras de los difuntos Fizz. Fue la única vez que flameó una bandera en el mástil de la plaza.

Hoy, cuando vuelvo al barrio a visitar a mis viejos, paso por la plaza que ya no tiene mástil, ni cabina de teléfono, ni rosales, pero por sobretodas las cosas, ya no tiene niños. Algo pasó en el medio de estos 20 años, no sé bien qué fue, pero ya no hay niños defendiéndola, ni subiendo a contramano por el tobogán, ni escribiendo sus nombres en las ramas, y ni siquiera hay un cascote al lado del árbol que daba al rosal, haciendo un arco. En ese rectángulo verde, tuve mi primer cicatriz, mi primer beso, mi primer choza y mi primer tatuaje. No sé a dónde pasan ahora estas cosas tan importantes. Ojalá que al menos, pasen. A nosotros, a los 11 años, la plaza nos puso a prueba y nos enseñó a no bajar los brazos, a tirar todos para el mismo lado, y a sostenernos, aún en frente de nuestro mayor temor. No hubo día, en que no nos juntáramos más temprano que de costumbre para idear cómo recuperarla. No hubo lugar a que otra cosa pasara por nuestras cabezas, ni tarde en que no llegáramos juntos a pedir por ella.

Y esa es la foto que pienso llevarme: La tierna imágen de 8 enanos, poniéndose por delante de sus miedos y pesares, su congoja y su vergüenza; con las patas flaquitas espolvoreadas y temblorosas, las gorras inundadas de sal, agarrados todos juntos de los hombros para no tambalear ni caer, y con una pelota como única arma, reclamando por favor no sólo una revancha, sino la oportunidad de defender dignamente su hogar… al igual que lo hace una familia.

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Los Universos Paralelos.

 

Una charla con amigos, malbec de por medio, puede mutar a lugares insospechados. La temática se vuelve tan abarcativa que va desde lo ocurrido en un partido de chin-chón, a la historia más esotérica y tenebrosa, que de seguro le pasó al amigo del primo de algún conocido. Siempre terminamos hablando de terror. Muchas veces hablamos sin saber, y otras tantas, con conocimientos más certeros sobre la materia en cuestión; el vino lo que logra -independientemente de lo verídicas o falsas que resulten nuestras fuentes- es exacerbar la convicción de nuestros dichos. Sea lo que sea que estemos exponiendo, con tres copas encima, se vuelve una cuestión de militancia, y en mi caso, cuando no llevo la palabra, de resistencia.

En muchas de nuestras últimas juntadas, el asunto que se posicionó como tópico de discusión, es La Teoría de los Universos Paralelos. Hablar del futuro ya quedó demodé, hoy, están de moda las ondas gravitacionales, y la existencia de un multiverso con realidades paralelas; es `chic`, al menos para mis amigos. Según ellos, y un tal Hugh Everett, el desarrollo de la mecánica cuántica y la búsqueda de una teoría del Todo, infieren la posibilidad de existencia de múltiples mundos que se desarrollan alternativamente. Basados en la probabilidad y la teoría de las cuerdas; el pasado, el futuro, y cualquier situación que logremos imaginar -y aquellas que no, también- están sucediendo en algún universo distinto a este que transitamos. Pasándolo en limpio, en alguna dimensión interpenetrante, algún otro yo, está escribiendo este mismo texto a mano con bic, otro pone un punto y aparte en vez de una coma a continuación, otro ni siquiera está escribiendo sino viendo televisión, y en enésimas dimensiones no sólo que nunca nací, sino que tampoco ningún otro ser humano. Podemos ir desde cambios mínimos que desdoblan nuestra realidad, a los más drásticos que podamos evocar; y según la teoría todos son reales y están sucediendo ahora mismo. Y en un rato, también.

Como bien dije, yo opté por la resistencia. Me niego a seguirles este jueguito del multiverso y sus muchos universos. Verso. Y será que les divierte mi renuencia, que pareciera que a propósito, siempre que pueden van a la carga para intentar convencerme. Tocan el tema, ya en cualquier situación, ni siquiera les hace falta el vino de por medio. Me quieren hacer creer a mi, por ejemplo, que fui doce años a un colegio católico, ¡que es inapelable la existencia de Dios en alguna dimensión alternativa!.

 

Por más que lo intenten, no puedo seguirles la corriente; no entienden ellos, que de ser cierta esta teoría podrían multiplicarse las desgracias, y que el sólo imaginarlas podría llegar a matarnos de estrés. Dentro de esas calamidades, por ejemplo, seríamos esclavos de los dinosaurios; la peste bubónica nos alcanzó a todos; en un mal día de Hitler, la Segunda Guerra Mundial acabó con toda la raza humana,  o mucho peor… ¡Lionel Messi podría haber nacido en el Estado de Minas Gerais!.

Bueno, también la teoría abre puertas y nos permite imaginar que existe en otra realidad paralela, un mundo lleno de paz, sin intolerancia, sin países, todos juntos como en Pangea, y con todos los supuestos de John en Imagine. Algunos `otros nosotros` que andan por ahí en algún escenario, estarán vacacionando en los anillos de Saturno, o en la Estrella de la Muerte, podrían de hecho tener alas, y sus mocos quizás tengan sabores de helado. Frutilla y tramontana. Kiwi cuando hay gripe. En otro universo totalmente distinto a este, un político que dice la verdad hace escuela, nadie se enriquece a costas de la ignorancia del pueblo, el saqueo de América nunca sucedió, Chernobyl es conocido por sus magníficas playas, las religiones únicamente confrontan en fútbol, Alá es un amigo de Buda y Jesús, el capitalismo es sólo un capítulo de los Simpsons, el calor de una mirada es más importante que el color de los ojos, Córdoba no persigue al pobre que luce una gorra, y una adolescente vuelve caminando a su casa sin temor a ser violada. Es más, en algún lugar del espacio-tiempo, quizás este planeta tuvo la suerte de que no exista la especie humana para hacerle tanto daño.

A veces mis amigos intentan endulzarme los oídos aún más para convencerme, me dicen que ese Messi que podía ser brasilero, en otro universo, nació en Villa Páez, y tiene un hermano mellizo que se llama Diego Armando, que nunca creció en Fiorito, ni jugó en Los Cebollitas, sino que ambos hicieron todas las inferiores en Belgrano; me cuentan, que tampoco Binetti erró ese fatídico penal, y que mis canciones se cantan en cada fiesta de cumpleaños antes de soplar las velas. Pero sin temor a arrepentirme, puedo asegurar que lamentablemente no me alcanza. Ni siquiera siento algo de envidia por esos supuestos.

Aunque la física cuántica avale esta teoría, el viaje de las partículas resulte convincente, y todo el biri biri de las ondas gravitacionales sea inexorable, me niego rotundamente a comulgar con esta teoría; sería tener que asimilar con crudeza, la desgracia de haber nacido en un universo equivocado, distinto al que desearía y que hoy sólo transcurre en mis sueños. Confieso que a veces me resulta atractivo y seductor imaginar ese infinito de situaciones, y aunque lograse comprender la teoría -y ésta se compruebe como que la Tierra es redonda y como que la mandarina es la fruta más rica- no podría concebir que pudieras no existir en mi mundo. Me rehuso. Pero por sobre todas las cosas, no toleraría tener la certeza de que hay una ventana cósmica, con un escenario posible en el que aún podemos estar juntos, y a pesar de ello, yo volviera a conocerte demasiado tarde.

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