“Los chinos de países similares; que no son chinos, pero son chinos igual.”

Así reza el cuplé de la Agarrate Catalina. De este lado del mundo, basta que alguien tenga apenas rasgados los ojos, para que ya sea merecedor del mote: “chino”. No importa de dónde sea, dónde haya nacido, en qué idioma hable.  Zorrilla, Suárez, Darín, y hasta Luquitas Zelarayán, que es más cordobés que la peperina, para nosotros siempre serán “la China” o “el Chino”.

Poco nos importa cuán diferentes sean las razas mongoloides (de hecho poco nos importa que exista ese término por haber sido el Imperio Mongol el más extenso de territorios contiguos de TODA la historia) que para nosotros sólo son chinos. Pero esto queda en mayor evidencia, cuando hablamos de personas comunes y silvestres, extranjeros que no son famosos, porque nadie puede vanagloriarse de reconocer a Jackie Chan o al Sr. Miyagi. Coreanos, japoneses, tailandeses, vietnamitas, laosianos, camboyanos, malayos, indonesios… son todos chinos.

Ahora que estuve de aquel otro lado del mundo, un poco para desburrarme, y otro poco porque te pasa como con los mellizos cuando los vas conociendo, fui aprendiendo de sus diversas peculiaridades; no sólo físicas, sino culturales, sociales, económicas, y un sinfín de etcéteras, que me hicieron distinguirlos. Aquí algunas de ellas:

Los japoneses son los que tienen las cámaras más grandes, y las lentes de zoom con más x. Además, son los que tienen los ojos más redondos con respecto al resto, son como los dibujitos animados. A los camboyanos no se los ve con cámaras. Los tailandeses tienen los ojos achinados para abajo, y los chinos verdaderos, achinados para arriba. Los coreanos son los que tienen más colores en el pelo mientras que los indonesios, los que más los tienen en la ropa. En Singapur la gente viste marcas, y perfumes. Los camboyanos son los que más ropa fabrican, y los que menos ropa tienen. Las chinas son las que usan la ropa más cortita y apretada, las malayas las que suelen verse con niqab o burka, y las japonesas las que no abandonan nunca la ropa de escuela. Los japoneses además, tienen alguna falla en el termostato, porque usan camperas tela de avión con 35º de temperatura y 200% de humedad y no transpiran nunca. En SaPa, los montañenses se visten con lana de colores, evidenciando la influencia asiática en nuestros pueblos originarios americanos. En la Vietnam del norte, que siempre fue comunista, el único patrón de moda es el sombrero Nón Lá.

Los coreanos sólo sonríen para las fotos, y tienen los carcazas más brillantes para celular, además de las mejores selfiecam. Los malayos a los que se les ve la cara, son quienes más se ríen en serio. Paradójicamente, ellos y los singapurenses, son los que tienen las leyes más estrictas; por ejemplo se multa hasta con prisión tirar el chicle en la calle (siempre y cuando te lleves tus chicles porque no los venden en el país), hidratarte en el transporte público o tener sexo en el hostel. En Hanoi la gente tiene mucha paciencia, porque todo el tiempo parece que están por chocar, se frenan a centímetros, y ni siquiera se chistan. Asombrosamente, no chocan. Creo que están bien al tanto que sus cascos, por más simpáticos que sean, no los protegen de nada. Los chinos chinos, al contrario, están siempre enojados, pero hablan despacito. También han de ser amantes de las selfies, tanto, que son los primeros en poner su cara y cruzarse en las cámaras del prójimo (aunque los de los otros países también te lo hacen).  Ellos son los amarillos. Los camboyanos los más morochos. Los japoneses los más blancos. Y los malayos los que son un popurrí de todos los otros chinos. En Singapur, es donde hay más cantidad de gente que no es de Singapur.

En Bangkok, como en Inglaterra, los autos circulan por la izquierda. También en Kuala Lumpur. En Camboya manejan como nosotros, por la derecha. En Vietnam, hay tantas motos que no se ven los autos. En Singapur no se ve ni una sola moto, el auto más viejo es modelo 2017, y el resplandor no te deja ver de qué lado está el conductor.

El alfabeto más lindo lo tienen en Camboya. El tailandés es el segundo más lindo, está lleno de pelotitas. En Singapur usan el alfabeto latino y en Vietnam también, sólo que tunean las letras de tal manera, que no parecen las nuestras: les ponen sombreritos, puntitos, la tilde que mira para el otro lado, guiones, arriba y abajo. En China no tienen alfabeto, sino que son dibujitos llamados kanjis, pero tienen un “Barrio Chino” en todos los países. Los japoneses tienen dibujitos, también alfabeto, y hasta una traducción de su alfabeto, en letras latinas. El orden lo trasladan a todo.

Son todos países colindantes, sin embargo tienen todos idiomas distintos entre sí. En Vietnam tenemos una República Socialista, un Parlamento en Singapur, una Dictadura en Tailandia, una Monarquía en el Reino de Camboya, y ¡en Malasia eligen al Rey!.

En Camboya están los templos más antiguos y más lindos. En Singapur los edificios más nuevos, altos y tecnológicos. Las religiones son variadas, pero el budismo, el hinduismo y el islam son las que tienen más practicantes. Buda y Ganesha, tienen tanta o más plata que Jesús. Para estar a tono, los creyentes visitan los templos con colores dorados y metalizados, para hacer books de fotos. A los elefantes también los visten para la foto, y a los monos les dan de comer, alterando su instinto. A los escorpiones, cucarachas y demás bichos, los comemos sólo los turistas. Los gatos son sagrados, y los perros se ven poco. Los niños jugando, también. ¿Les conté que por acá se fabrica mucha ropa barata?

Los coreanos del relato, son del sur, los del norte no hacen turismo. Su karaoke no me gustó. La comida me encantó. La de Vietnam más. Todos estos países comen picante, con palitos, usan barbijo en las grandes ciudades, les encanta subir fotos a Instagram, no les gusta que les confundan la nacionalidad, se sacan las zapatillas antes de entrar a las casas y son fanáticos de Messi. Los que viven en las montañas o en las islas, son los más simpáticos, los que te abren las puertas de sus casas, y los que entienden que para relacionarse no hace falta saber el idioma, sino regalarse una sonrisa. Sus niños parecen tener más dientes que los de la metrópoli.

Para finalizar, debo admitir que nunca en todo el viaje, ni aún con esta guía de tips, pude adivinar la nacionalidad de estos chinos al primer intento, y hasta perdí algunas Chang y Tigers, apostando que acertaba. Tampoco logré que los chinos me llamen por mi nombre; no por la dificultad del mismo, sino porque me confundían con algún otro que anduviera por el hostel… para ellos, nosotros los latinos, somos “todos iguales”.

 

 

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La madera, los jubilados, el agua.

No es que no lo intenté.

Cuando era chico, me mandaron a natación al Club Universitario, pero en esa pileta a medida que se iba haciendo más honda, aparecían flotando cucarachas y cascarudos -de esos que parecen mini rinocerontes-. Tantos, que el agua se espesaba. No sé, se ve que alguien no pasaba el limpiahojas, y ahí quedaban amontonados cientos de bichos. Entonces, lógico, antes de llegar a ese sector yo pegaba la vuelta. ¿Qué menor de 10 años, en su sano juicio, podría disfrutar de meter la cabeza en un flan de cucarachas?.

Creo que ahí empezó mi “temita” con el agua.

Claro que no fue lo único, posterior a eso hubo otros episodios que acrecentaron mi drama, como la vez que me caí de un gomón, y en medio del susto quedé abajo de la lona golpeándola porque no tuve la lucidez de irme para el costado para respirar. Insisto, lo intenté muchas veces, pero es más fuerte que yo; es cuestión de saber que no hago pie y que el agua me toca los orificios de la nariz, que mi mundo y la serenidad se acaban para siempre.

El peor capítulo, se sucedió en una de las tantas vacaciones con mis nonos en Bialet Massé.
Nos encantaba Bialet, y era lo que alcanzaba también. Íbamos al camping, armábamos la carpa, y ahí nos pasábamos el verano con mis primos. Mi Nono, carpintero de toda la vida, era un genio para armarnos juegos con pedazos de madera. ¡Pero capo, capo, eh!. Mi mamá nos contaba que cuando eran chicas con mis tías, él se las arreglaba para hacerles muñecas y juguetes de madera para que nunca les falte un regalo en los cumpleaños, fiestas o días del niño.
El tema, es que después de los juegos cuando bajaba el sol, todos se iban a nadar al río, y yo me relegaba del plan. Me invitaban y yo decía: “no, no me gusta”. Así que mientras se escuchaban los chapoteos en el agua, yo iba a ver cómo pescaba mi abuelo desde la orilla, hasta que mi Nona nos llamara a todos a tomar el mejor mate cocido del universo -en esas tazas de lata, con la pintura amarilla saltada, qué sólo se podían agarrar con el repasador para no quemarse hasta las pestañas- para recién ahí reincorporarme al grupo de primos.

Juro que nunca le conté mi secreto, pero obviamente mi Nono sabía que a todos los niños les gusta jugar en el agua, así que sin preguntarme, lo descubrió. Claramente mi cara distaba de la de un amante de la pesca. Sin mediar palabra, de no sé dónde, apareció con una tablita de madera que hacía de flota-flota, y me enseñó a trasladarme por el agua. Yo, brillaba. Un antes y un después en las vacaciones gracias a esa tablita que hasta mi nombre tenía grabado. Era la envidia de todo el Río Cosquín, un surfer del subdesarrollo.

Pero como siempre, me excedí.
Me mandé al río escondido, cuando me dijeron que no lo hiciera porque traía espuma y se venía la crecida. Lo esperado: la furia de la correntada, y allá fue a parar mi tablita. Habrán pasado 3 minutos. Para mi fue una eternidad; el río me empezó a llevar, comencé a tragar agua queriendo pedir ayuda, y sólo me alcanzó una especie de tranquilidad cuando en medio de la desesperación, vi la imágen de mi Nono que venía a lo lejos. En ese momento, alcancé a tomar aire y me relajé en una especie de plancha tal cual los consejos que me dio para flotar. Lo habré logrado unos 20 segundos, lo suficiente como para que mi Nono llegara a mi encuentro, me rescatara, y con su voz tan serena me dijera: ¿viste? te lo dije… la buena madera, no se hunde. Así me salvé otra vez de la muerte en manos del agua.

No exagero al decir que mis abuelos me dieron todo.
En el caso de mi Nona, el “dar todo” siempre fue literal. Tenía la imperiosa necesidad de darnos algo cuando nos veía; lo que sea, lo que encontrara, así fueran cosas de ella. No hubo vez alguna, en la que no me hiciera un regalo cuando la visitaba, ya fuera un caramelo, una moneda, o una toalla (un día volví a casa con un matamoscas por ejemplo). Así que ayer hice de cuenta que volví a estar con ellos que me enseñaron a resistir el embate cuando el río se pone bravo y arranqué el ritual: pasé por la feria, compré unos churros de dulce de leche y me fui a la marcha porque me enseñaron a no quedarme callado ante las injusticias. Antes de eso busqué las tazas de lata por casa -claramente fueron uno de los últimos regalos de la Nona, porque obviamente nunca pudieron cambiarlas- y las choqué en su nombre. Todavía tienen olor a mate cocido.

Necesito devolverles algo.
Marché por ellos. También por mi vieja, que nunca pudo aportar porque como si fuera poco, dejó de cuidar a su muñeca de madera y dedicó su vida a cuidarnos a mi y a mis hermanos; a enseñarnos, a formarnos, a llevar toda una casa adelante. Y por todos los viejos, que como ellos, se pasaron la vida laburando y criándonos, para hoy tener que mendigar las monedas de la mínima. En cada paso, los tengo a ellos conmigo, a los olvidados, a los más vulnerables.

Sin embargo en cada marcha que reclama justicia, desde hace un tiempo hay algo que no deja de inquietarme y que me agobia cuando veo el bloque azul de la policía allá al frente: y es que a medida que se van acercando, temo que intuyan, y se den cuenta, de que yo tampoco sé nadar.

No a los doblecamiseta.

No se puede ser hincha de dos equipos.

Es imposible.

No es siquiera perdonable la, mal llamada, simpatía por más de un equipo. El hecho de que jueguen en ligas de países distintos, no es justificativo. Que en Córdoba, toda la vida hayamos sufrido las preguntas malditas “¿hincha de qué sos? ¿y de Buenos Aires?”, tampoco nos exime. No se puede dividir el corazón. Esto es amor.

El claro ejemplo de ello, es mi Nono.

Él creció en barrio General Paz, en la esquina del Hindú Club. En esa casa, pasó los años más felices de su vida, jugando al básquet y atendiendo el buffet. Pero claro, el Hindú no tenía fútbol, así que con los muchachos con los que se pasaban las horas jugando al chinchón, caminaban 15 cuadras y se iban a ver al General Paz Juniors.

Los años pasaron y tuvieron que mudarse para barrio San Vicente, pero mi Nono nunca dejó de cruzar el puente para ir a ver al Albo. Alguna vez mi tío me contó que como yerno lo acompañó a la cancha y él le supo decir: “-miralo al 5 de Juniors, la rompe, tiene 18 años, seguro llega a Boca o a River”. Capaz lo habrá escuchado, Villita, que después jugó en los dos, como para no errarle. Algo de fútbol sabía el hombre, le gustaba el jogo bonito, y por eso también le tiraba Independiente, ¡¿cómo no disfrutar del Independiente de Bochini?!. El rojo le dió muchas alegrías, y le llenó los ojos, era “El Rey de Copas”; hasta que llegamos nosotros, como para arruinarlo todo. Los nietos le salimos de Belgrano, de Talleres, y hasta uno que se decía ser de Racing de Nueva Italia, completita la pizza. Y bueno, él nos llevaba a la cancha, a todos. Si, a todos. Y nos llevó a la cancha en los 90`s, cuando podían pasar meses sin que ninguno ganara algún partido.

El Nono se veía todos los partidos, y tenía una facilidad asombrosa para compenetrarse con los equipos. Y todos, es todos. Veía los de Quilmes para después hablarle a su hermano de Buenos Aires, y hasta le actualizaba los resultados a mi mamá, que intuyo, para hacernos la contra, dice ser de Instituto y River. También alentaba por ellos.

Los fines de semana era ir para el Chateau. Un fin de semana a ver Belgrano con nosotros, y el otro a ver Talleres con mi primo. Para mi era todo un ritual ir a la cancha con él. Yo tenía 6 años y mi mamá me llevaba a la Plaza San Martín y ahí nos encontrábamos con él para tomarnos el especial que picaba derecho para el Chateau con todos los negros. Lo mejor de ir con el Nono en el colectivo, es que siempre íbamos sentados porque al grito de “¡siéntese acá tío!” todos se peleaban por darnos el asiento. Y además, que nunca nos faltaba la bolsita de caramelos ácidos para el largo viaje. Cuando jugábamos en Alberdi era más fácil: caminar 5 cuadras, subir despacito las escaleras a la Dorada, y sentarnos en el primer y segundo asiento de la primer fila, después de poner el diario abajo para no quemarnos.

Así, nos fue abrazando en los descensos de cada equipo a mi, a mi primo, a mis hermanos, a los suyos, a mis tías, a los amigos y con los años… al bastón. También hubo para festejar, claro. A alguno de todos los equipos le tenía que ir bien en algún momento, por estadística nomás. En cada categoría tenía un preferido, alguien a quién mirar o a quién hacerle la barra para contarle la buena noticia al más afortunado de nosotros. Eso sí, fútbol argentino. Siempre había un Defensores de Cambaceres – Midland en TyCSports, más entretenido que ver a quién le toca comerse 5 contra el Barcelona de Messi.

Cuando empecé a entrar en la adolescencia me empezó a hacer un poco de ruido, o sea… ¿cómo podía gritar los goles de todos los equipos?. El Hindú, Juniors, Belgrano, Talleres, Instituto, Racing, Independiente, Quilmes, los clásicos, y el que sea que esté jugando en la tele y pueda dar dos pases seguidos. Como si fuera poco, nos arengaba a los nietos en Lifi, y Lifus, donde, claro, también íbamos a colegios distintos; y era el primero en preguntarme contra quién jugábamos y cómo nos estaba yendo, en la infinidad de torneos amateurs con los que me tropecé todos estos años.

Lo circular de la vida, hizo que con el tiempo nosotros empezáramos a llevarlo a él a la cancha. La última vez con 92 años, para un Belgrano – Independiente. Yo pensaba que se le iba a generar un conflicto de intereses muy grande, un insufrible calvario por estar rodeado de hinchas de un equipo distinto al de él, un hachazo al alma, un dilema existencial, pero nada de eso sucedió; a pesar de que les hicimos 4, él estaba feliz igual, porque repetía: “¡mirá toda la gente contenta que hay!”. Ese día, cuando volvíamos a su casa, se nos desmayó en el auto, y costó un Perú bajarlo a la silla de ruedas. Mi mamá y mis tías fueron tajantes: No más cancha para el Nono. Por más de que por lo bajo nos suspiraba y susurraba “¡Qué ganas de ir a la cancha…!”, ese Belgrano 4 – Independiente 0 en el Kempes, fue su último partido en la cancha.

Desde hace casi dos años ya no tengo a quién preguntarle a qué hora juega el rojo, ni a quién contarle que perdieron los “cosos” de Juniors, ni a quién relatarle que casi hice un gol en el torneíto del lunes. Mucho menos me sigo preguntando cómo hacía mi Nono para dividir su corazón entre tantos equipos, porque con el tiempo entendí que él, siempre tuvo puesta una sola camiseta aunque intentara despistarnos; él era hincha de nosotros, sus nietos.

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Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser.

En casa, con mis hermanos nos peleábamos mucho. Éramos chicos, y no faltaba motivo para que se armara una discusión. Que yo quería la pata de pollo, que esas medias son mías, que yo llegué antes que vos a la computadora. Cualquier motivo era válido para que ardiera Troya. No nos pegábamos, pero empezaban los gritos, los amagues, y las corridas y algún tirón de pelos también. Mi mamá indignada. Ella prefería, no sé, veinte nosatis, antes que ver a los hermanos pelearse. Hasta el día de hoy, nos mira y nos hace completar la cita del Martín Fierro que nos enseñó a los 5 años (completar al unísono en los puntos suspensivos): “los hermanos sean … porque esa es la ley … //… porque si entre ellos se pelean, …”. Se venían los retos, las penitencias, pero no nos entraba. Encima, como si fuera poco, habíamos encontrado la forma de herirnos sin tocarnos, ni decirnos malas palabras siquiera; algo que era altamente efectivo, porque apenas uno lo decía, el otro se largaba a llorar, y hasta intuíamos que nos hacía inimputables. Las palabras que desencadenaban el caos eran: “vos sos un hincha de Talleres”. Era el agravio más doloroso que nos podíamos decir. Instantáneamente arrancaban las lágrimas, y la inútil explicación del acusado al acusador, de que realmente era hincha de Belgrano.

Èramos chicos, ya no nos peleamos. El “insulto” quedó archivado en nuestra infancia. Pero aún así, el tiempo pasó, y en otros ámbitos, todavía discutimos con amigos por Belgrano y Talleres. Somos amigos hasta que hablamos de fútbol. Y lo peor es que no siempre es con amigos. Una cosa es el “folcklore”, o el querer ganarles hasta en las bolitas, y otra completamente distinta es la violencia. Estamos enfermos. Nos comió el personaje.

Yo no estuve en esa tribuna, pero creo que todos somos culpables de lo que pasó. Probablemente, como en otras ocasiones, al ver el tumulto, hubiera dado dos pasos para atrás por miedo; pero yo también fui. Y también podría haber sido yo, o mi hermano, o cualquiera, cuando nadie debería haber sido. No hay día en que no vea a mis amigos vestidos de azul y blanco, y no les diga: muertos. Y aunque se los diga con todo el cariño del mundo, no podría soportar que alguien sólo por verlos así vestidos, lo hiciera realidad. Las palabras cada día caminan más cerca de la delgada línea que tienen con materializarse. Nos tenemos que hacer cargo. Creo que hubiera pasado en cualquier tribuna, en cualquier estadio, y con cualquier equipo. Estamos muy mal como sociedad si no entendemos que tener los colores del clásico rival no es motivo de agresión alguna y mucho menos causal de la muerte de otro hincha como nosotros. Que fue una confusión, que fue una bronca vieja, que él era de Belgrano y no de Talleres, que la mar en coche. No importa. Ojalá se haga justicia, y el instigador, el que mintió para que le pegaran, sea juzgado, se haga cargo y pague por lo que pasó, y que esa familia tenga toda la fuerza para salir adelante; pero no nos olvidemos que también fuimos nosotros. No hay nada que nos justifique, estamos realmente mal. Y somos nosotros, las personas. Ni Belgrano, ni Talleres, ni el fútbol, matan. Hicimos del fútbol algo que ya no tiene nombre, pero que refleja lo que pasa en la calle, en el día a día; esta violencia está instaurada en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no hacemos nada para cambiarla. No deberían tener que existir tragedias para que recién tomemos conciencia. No se tiene que morir un hincha para darnos cuenta que el mal llamado “folcklore” se nos fue de las manos, ¿o acaso debería tener que morirse un maestro para comprender su reclamo?.

En el medio del dolor de una familia, se mezclan los intereses políticos siempre tan oportunos, la hipocresía de quienes cantamos eufóricos en la cancha “volviste con un cajón” y ahora queremos sacarnos una foto; pero también de aquellos que se vanaglorean de estar lejos del fútbol y su barbarie, pero que se bajan del auto al primer bocinazo, o de aquellos otros que fantasean con que una adolescente se buscó morir por salir sola y con un shortcito tan corto. Todos buscando a quién señalar como culpable, lo cual es minimizar. Los medios de desinformación se hacen un festín, y llenan todas sus pantallas, hasta que mañana otra tragedia les permita seguir cazando brujas. Señalamos con el dedo, olvidamos, y seguimos sin darnos cuenta que fuimos todos, que todos somos, y que todos podríamos ser. Nosotros tenemos que empezar a cambiar.

Me parece que Martín Fierro se equivocó, fue demasiado optimista; los hermanos nos estamos devorando solos. Nos estamos matando. Tenemos que volver a hacer del fútbol el deporte hermoso que realmente es. Y los que estamos ahí, hacer que la pasión tenga lugar en la alegría, en la belleza de los colores, en los amigos y en las banderas que no dejan de cobijarnos; y no en el mal de nadie. En la cancha, en la calle, en el laburo, en el día a día. Realcemos por favor el valor de la Vida, en todos los contextos, porque le estamos poniendo un precio muy bajo; y porque por más de que nos queramos convencer, y lo cantemos en todas las canciones de cancha, desde la muerte, desde el cielo o el infierno… ya no se puede alentar.

 

 

HkBcF_e0x_930x525Q.E.P.D. Emanuel.

La vida, en palabras.

Supongo que todo mortal que pasa por una mudanza, se enfrenta ineludiblemente, sin posibilidad de deserción alguna, a hacer un revisionismo de su vida. En mi caso, al ser la primera, la revisión tuvo que remontarse al año cero de mi existencia. Extendí la estadía en la casa materna/paterna lo más que pude, pero mi vida ya no entraba en una habitación. Tanto la extendí, que además del gaste de los amigos y mis hermanos más chicos, tuve que hacer un repaso que incluyó desde mi primer escarpín, hasta los botines con el barro húmedo en la suela sin sacudir. No fue sólo poner y sacar cosas en una caja. Al menos, no para los nostálgicos, o mejor dicho “los guardatodo”, como yo. Lo difícil no termina siendo el trabajo de memoria recordando el por qué de cada cosa en cada lugar -la cual es una tarea divertida, sobretodo cuando aparecen cosas olvidadas que prometiste no olvidar-, sino que lo complicado viene ante la toma de la decisión: ¿qué dejar?.

Así, fui dejando muchas cosas de mi pasado y cargué otras para que me acompañen en el futuro. Desfondé cajas, sólo con libros que aún tenían el envoltorio. Recordé más de lo que quería recordar. Por fin me saqué de encima esa ropa que tenía porque “en algún momento la puedo llegar a usar”, y hasta escondí algunas cosas para llevar que siempre quise tener, pero que nunca fueron mías. El plan por el momento va viento en popa, no hubo reclamos.

Más allá de los chicles que compré ayer y que todavía no encuentro, las cosas más actuales suelen estar al alcance de la mano, arriba del mueble, de la silla, o amontonadas en la esquina de la cama. En cambio, para reencontrarse con el pasado, hay que buscar un poco más. En lo más alto del placard, me encontré con tres cajas grandes, con gran parte de mi adolescencia y mi niñez ahí adentro; se ve que ya había empezado a archivar, en algún momento del tiempo. De chico me las arreglaba con una pelota de fútbol, por lo que nunca tuve muchísimos juguetes; prácticamente una cantidad irrisoria si la comparo con la de mis sobrinos en la actualidad. Lo que si, encontré muchísimos cuadernos, llenos de dibujos y algunas cosas escritas.

En uno de esos cuadernos, Avón, con un kayak en la tapa, estaba la primer canción que escribí cuando aprendí a tocar la guitarra: Super Salvador. Tenía 16 años cuando la compuse, y ahí estaba, escrita en lápiz, con la hoja cuadriculada amarillenta, pero legible. La canción cuenta la historia de un antihéroe, gordito, sin super poderes, cansado del sistema, que a pesar de todo la peleaba día a día, hasta la muerte. Casi 15 años después, aún estoy orgulloso de Super Salvador, por lo que separé esa hoja con los borroneos, la letra algo temblorosa y el dibujo que lo personificaba. Entonces empecé a preguntarme qué cosas me llevaron a escribir esa canción, a darle forma, cuáles habían sido mis influencias, mis bases, la precuela a esa escritura; Super Salvador era una manera de encarar la vida, por lo que seguramente era el producto de años de querer aprender a escribir, de vivencias, de victorias y caídas, ¡tenía que haber miles de hojas y papelitos!. De manera entusiasta empecé a revolver más la caja, buscando los vestigios de ese aprendizaje, pero no encontré absolutamente nada.

En realidad, si encontré escritos, pero ninguno valía la pena.
Algunas cartas de amor que, por suerte, nunca entregué. Hojas del colegio, con… dictados. El peor error de la educación y las maestras de lengua. El dictado nos enseña a repetir, a hacer sólo lo que nos dicen, cuando nos lo dicen, y de la manera adecuada, sin preguntar y sin hablar, salvo para pedir tiempo porque no fuimos tan rápido como los demás; no fomenta la imaginación, y mucho menos la creatividad. Me parece que es mucho más productivo hacernos leer para contagiarnos a escribir, y de paso mejorar el vocabulario y la ortografía.
Pero lo más vergonzoso, fue encontrar decenas de hojas en donde sólo estaba escrito mi nombre, o mi firma, o la de alguno de mis amigos. Vergonzoso, del calibre “Juancito `98”, “ººel Nicoºº”, “..Sofa2002..”, “Willy el más mejor”, subrayados, resaltados, y otros rayoneos que decían ser firmas. Una al lado de la otra, cientos de veces, desaprovechando vaya a saber cuántos árboles que hoy nos protegerían de tantas inundaciones.
De los dibujos, en cambio, si me sentía orgulloso. En todos ellos se respiraba libertad. Desde la huella en labial de mi pie recién nacido, hasta los montones que pinté con la bendita técnica de salpicar témpera con el cepillo de dientes. Me copé mal con esa.

El tiempo se encargó de demostrar que yo no era ningún prodigio, pero entré a primer grado sabiendo leer y escribir; mi mamá no veía de lejos, y yo aprendí los números para avisar cuando venía el colectivo, así lo parábamos a tiempo. Entonces, ¡¿Cómo puede ser que haya desperdiciado tantas hojas y la mitad de mi vida, escribiendo sólo nombres?!.
Hoy, no lo puedo entender. Probablemente, en ese momento haya tenido algún sentido, habrá estado de moda, o qué se yo; pero en este momento no me saco de la cabeza que podría haber reflejado la parte más linda de la vida, y no lo hice. Si me pongo compasivo, imagino que fue la manera que esos adolescentes encontramos para decir “¡Acá estoy! ¡Mírenme!”, pero ni así. Además, ¿cómo puede ser que no haya existido un nudo, un proceso de creación en el medio, desde que aprendí a escribir “Mamá” a los 4 años, hasta “Super Salvador”?. Después llegaron otras canciones, algunos cuentos, frases, y hasta algunas cartas de amor que sí valieron la pena; pero ¿antes?.

Dicen que el ser humano, es el único animal que sabe que se va a morir en algún momento. Tal vez por eso es que de una u otra manera, buscamos dejar una huella, o tenemos otra conciencia de nuestros actos. Hoy escribo para darle pelea a la muerte, al olvido y a la suerte. Tengo la necesidad de hacerlo, para no tener tanto miedo, para que al menos mis textos tengan el valor que yo no tengo. Para acomodar ideas, pensamientos, para trasladarme a otro lugar, bilocarme, estando sentado, escribiendo. Es la manera que encontré para militar por las causas en las que creo; es el primer paso que doy para luego ponerle el cuerpo a las luchas. Me refugié en la escritura para no quedarme callado, aún en el más incorruptible silencio. Escribo, para no sentirme tan solo. Me amigué con las palabras, para nunca dejar de creer en ellas. Aprendí que se puede iniciar la revolución desde una hoja en blanco y un lápiz, para comprometerme con lo que pasa alrededor mío. O al menos, son las razones por las que me auto convenzo… ¿En serio no hice otra cosa más que escribir mi nombre hasta los 16 años?, ¿no tenía otra cosa que decir, otras inquietudes, algo que gritar?. Menemismo, la enfermera que se llevó al Diego, el helicóptero de De la Rúa, el Chino en los saqueos, los descensos de Belgrano, ¿acaso nada me pareció injusto ni me conmovió para hacerlo papel?.

Por suerte, en casa me taladraron con el lema:”El que busca siempre encuentra”, y seguí revolviendo la caja. Así apareció una bolsa llena de rastis con soldaditos mezclados, que me devolvió todas las convicciones, y me amigó con esa etapa de mi vida con la que ya llevaba peleado 45 minutos. Mientras recordaba las horas que pasé construyendo castillos y casas, apareció la guía de instrucciones de los rastis, intervenida con una fibra con mi letra, y que se corresponde con esta época que creía oscura en cuanto a la libertad y la revolución; se ve que siempre quise levantar la voz, pelear por causas nobles, aún cuando pequeño. Esa intervención, ese escrito, que data de mi niñez pre firmas, tiene la misma fuerza que me acompaña hoy para pelearle a la injusticia.  Ya todo tiene sentido, Super Salvador no apareció de la nada, fue producto de años de lucha, y por lo visto, hasta algunas fueron victorias. Una hoja en blanco y un lápiz, son armas para lograr lo que queremos. El papel en la bolsa, decía: “Papi, no la tires por favor”.

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Lucas y Martín.

No conocí a Martín. Tampoco a Lucas. O sí, no sé. Ésta es su historia, aunque ni siquiera sé si sucedió de verdad. Prácticamente no tengo certezas sobre ésta, en realidad tengo sólo una. Igualmente voy a pecar en contar la misma, así, irresponsablemente, sin conocerla, sólo para refrescar mi única certeza.

Lucas con 13 años anda callejeando por el barrio, todas las tardes. Todas las noches también. Algunos días con los chicos de su edad, otros días con los más grandes. Con buenas y con malas juntas, ahí va, boyando, entrando a la adolescencia, sin saber para dónde salir corriendo, en dónde encajar, a dónde pertenecer; como todos los adolescentes, básicamente. Y habiendo vivido cosas que ni los más longevos quizás vivieron. Diría que va eligiendo, pero el abanico de posibilidades no es igual para todos. Ahí, en Los Tinglados, Lucas y todos los demás changuitos hacen lo que pueden, la verdad es que no eligen nada, los caminos suelen hacerse embudos que te llevan a una sola dirección. Algunos dicen que a los 10 años probó el paco. Otros dicen que fue a los 8. Otros dicen que nunca.
A los 13, seguía siendo invisible para la mayoría. Su familia habrá cerrado los ojos. O no habrán podido con él. O si. O no. Los más cercanos dicen que quería cambiar, que lo gritaba. Pero nadie lo escuchó, o no lo quisieron escuchar. Dejó la escuela, y tampoco nadie le insistió. Habrá caído en cana y nadie lo fue buscar. Seguramente habrá tenido sueños y deseos; quizás una entradita a la cancha, o tener el auto ese que te muestra la tele. Esa tarde se iba a jugar al fútbol. O a meter el caño. A esta altura, da igual.

Martín, es más grande, tiene 45, familia y vocación. No sé si creía en Dios, pero daba una mano en la Iglesia del barrio. Ahí funciona un centro de ayuda a las Madres del Paco. Con todas las contradicciones que me genera la Iglesia, esa, particularmente esa, merecía que le den una mano. Ahí, en Müller, también escasean las soluciones, y abundan los problemas, la falopa, la muerte y el olvido. Amigo del cura, colaboraba con la causa, tratando de alejar a los niños de la droga, en esa lucha desigual entre los chicos y el narcotráfico. Los que lo conocían dicen que se daba maña para todo; que era el plomero, el electricista, el obrero, y todo lo que hiciera falta ahí en la Iglesia. Para otros, Martín no es más que otro `botón` empecinado en hacerle la vida imposible a los que llevan una gorra, y miembro de esa policía corrupta que también transa con los choros (cuando no son ellos mismos, claro). Seguramente habrá tenido sueños y deseos, quizás unas vacaciones con la familia, o ver crecer a sus hijos. Esa tarde estaba custodiando al cura del barrio, a ese que amenazan los narcos por sacar de la calle a las `mulitas`, en la tarea más loable de su vida. O estaba vigilanteando. Andá a saber, a esta altura, también da igual.

Esa tarde, se conocieron. A 50 metros el uno del otro, no mediaron palabra. No se acercaron más que eso. No sé bien qué pasó, se dicen tantas cosas… que un intento de robo, que pasaba por ahí de casualidad, que le sembraron un arma, que también disparó, que sólo corría de espaldas, que se enfrentó, que estaba preparado, que ni siquiera lo vió.

La bala fue certera, entró por la nuca, y salió despedida por uno de los ojos; dejando en los yuyos del baldío, un cuerpo, una mancha de sangre y una máquina de cortar el pasto. Ahí también se quedaron las bondades y las miserias de ambos. Los sueños y los deseos de los dos. Esa tarde les cambió la vida para siempre, tanto que una, se convirtió en muerte. La otra, ahora soportando el peso de haber matado a quien quería ayudar. Ya no habrá ni vacaciones, ni el auto de la tele.

Cada uno elegirá cómo verlos.
Para algunos será `un negrito de mierda menos`. Otros dirán que fue `la yuta con otro caso de gatillo fácil`. Para mi, eran Lucas y Martín. Pobres contra pobres.
Lo que seguimos sin ver, es al Estado ausente. A los culpables reales de que todos los días haya un Lucas menos, un Pedrito menos, una Laurita menos. Hoy fue el ladrón. Podría haber sido el policía, o cualquier otra persona. Hasta nos toman el pelo, y nos desvían el foco, nos tiran pedacitos de pan, y largan medidas para que tomemos partida en lugar de unirnos; nos quieren hacer creer, por ejemplo, que la solución es bajar la edad de imputabilidad. Para esos iluminados, los nenes nacen choros. La brecha es cada vez más grande, tanto, que falta poco para que nos informen si merecemos vivir o no; si es que no desaparecemos antes. O si es que nos avisan. Abajo nos seguimos matando, y a los de arriba les conviene. Con el odio entre nosotros somos funcionales a ese sistema, la desigualdad.

Como aclaré en un principio, desconozco la veracidad de cada uno de los detalles relatados, sólo tengo una certeza: Disparó uno solo, se murieron los dos.

El test del Chupetín

Nos acercamos a ver la propuesta de dos cellos, que versionaban folcklore. En la puerta de la sala, luego de cortarnos la entrada, nos convidaron un chupetín a cada uno. Este hecho que parece no tener relevancia, fue el que le dio vida a un análisis esclarecedor.

Se encuentran las personas normales, que como debe ser, chupan el chupetín. Es necesario redundar y distinguirlos. Sí, personas normales, en un todo de acuerdo a las buenas costumbres, respetando el manual de uso que seguro vino con los primeros chupetines luego de su creación. Pero existe un submundo, sui generis, en donde se encuentran aquellas que lo mastican en el mismo instante en que se lo acercan a la boca. ¿En qué cabeza cabe, que mastiquen el chupetín?. Mientras el resto del mundo, en silencio apacible disfruta el hermoso sonar de los cellos, estos encienden la máquina trituradora que tienen en la boca como si no le debieran nada a nadie, durante unos buenos segundos. No contentos con ello, después de finiquitar el chupetín, comienzan a desprender lo que quedó pegado en las muelas, primero con la lengua, y luego con las uñas, casi con la mitad de la mano adentro de la boca. Digamos que al menos, este es el mal menor, afecta sólo a los cercanos. Después de este proceso, la ansiedad de haber terminado el chupetín tan rápido y la desesperación de ver que todos aún lo tienen, hacen que esta gente comience a masticar el palito de plástico, primero haciendo un trébol, o una flor, abriendo sus hojas en las puntas, y luego cortando esos pedacitos, acumulándolos en la lengua, para que a posterior suceda lo peor… con un espantoso ruido de mini escupitajos que intentan ser silenciosos,  van desparramando los pedacitos de plástico, uno a uno. Recién cuando alguien los mira mal, caen en la cuenta de que están haciendo mugre, de que hacen ruido, de que no da. Recién ahí. Creyendo que tienen un gesto ecológico y de humanidad, en respuesta a la mirada delatora, deciden ya no tirar al piso los pedacitos de plástico, sino guardarlos dentro del puño cerrado, con esa mezcla melosa, incómoda, de saliva y caramelo que se los pega a la palma de la mano, para en un futuro cercano tirarlos en un tacho de basura. Todo esto, sucediendo antes de que el cantor grite `y se va la segunda´, en la primer chacarera de la noche.

Prefiero no ahondar en quienes hacen lo que tienen que hacer, de la manera en que hay que hacerlo. La Maga y Horacio, ya los incluyeron en aquellos que se dan citas precisas, y que necesitan papel rayado para escribirse, o que aprietan desde abajo el tubo de dentífrico. La gente bien, no necesita mucho análisis ni genera tanto cuestionamiento; hay que imitarlos, y ya. Probablemente tengan otros defectos en su vida; mal comer golosinas, no sería uno de ellos. En cambio, ¿quién puede querer a alguien que mastica los chupetines?. Esta gente es peligrosa, casi tanto como aquellos en vez de comerlos, los guardan “para después”.

Deduzco que esa persona que no puede reconocer la diferencia entre una albondiga y un chupetín, cruza por la mitad de la calle, sin mirar a los costados, y va al supermercado olvidándose la lista, para obviamente no traer ni la mitad de las cosas que necesita. Vive de tropiezo en tropiezo, simplemente por su instinto animal a flor de piel, por no detenerse ni un segundo al costado del camino. Y se pega cabezazos contra la pared, una y otra vez. Ciegamente afirmaría que también es un amante de causas perdidas, que le pone toda su pasión a cosas que no son ni van a ser. Seguro se proclama hincha de algún equipo africano en el mundial. Además de no secarse el pelo después de bañarse, ni la espalda, ni los pies; te debe escribir cuando menos debe hacerlo, y calla, cuando se le presenta una única oportunidad. Sospecho que vive cicatrizando, atesorando momentos efímeros, a lo bruto; reconociendo, una copa después, cual debería haber sido la última.

Yo no me arriesgaría a contarle un secreto a alguien así, sería como dejarle una bomba con cuenta regresiva. Inevitablemente, en cuestión de minutos, el secreto es trend topic. Esa gente es la que te arrebata el asado, la que se sube al colectivo sin crédito en la red bus, y molesta a los demás pasajeros para que les vendan un pasaje, cuando tampoco tienen cambio para pagarlo. Asombrosa e inentendiblemente, por algún motivo extraño que escapa a la lógica, cuando ellos cortan una pizza, nunca hay ocho porciones.

A modo de consejo, nunca pero nunca te involucres con alguien así. Ni lo pienses. Porque cuando menos certezas haya, cuando más difícil parezca, aún cuando del miedo le suden las manos y le corra un frío por el cuello, lo mismo te va decir que `Si`, siempre, con todo el mundo perfecto en contra. Y te va a convencer. Y te la vas a tener que aguantar. Los seduce la locura, los magnetiza la incertidumbre. Esa gente ama mucho, de verdad, sin motivos, y no todos estamos preparados para tanto amor. Hay que esquivarlos, mentirles, rodearlos, pero nunca sembrarles ilusiones. Cuando no tengamos convicción, no les pidamos compañía, porque van a estar hasta el final, nos van a dar todo, como los perros. Y como un perro, aún después de la mayor decepción, del peor reto, se van a acercar con la cabeza gacha buscando un mimo. Arden tanto la vida que hasta te pueden contagiar, hay que tener cuidado, porque en un abrazo encuentran su hogar.

Está científicamente comprobado que terminar un chupetín, mientras el resto recién le está sacando el papel, produce esquizofrenia. Se escuchan voces, gritos que no te dejan ir, que te culpan de ser un error, una falla del sistema. Probablemente el espantoso ruido al masticar que produce esta persona, sea adrede, para intentar escapar al menos unos segundos del silencio de su soledad que lo aturde una noche más.

Me animo a certificar de que pasa días y días, buscando al asesino de su suerte; y ojalá que en algún momento se le aparezca o que al menos olvide la causa, para no encontrarlo otro domingo coqueteando con la muerte, o esperando inútilmente en la puerta de la bodeguita de los cuatro panchos electrónicos y una gaseosa, para implorarle a su torpeza que le inyecte sueños hasta que llegue el otro viernes.

Todo esto ocurre, mientras la gente bien, sigue degustando una circunferencia de caramelo, y disfrutando de un show de música, mirando al frente, muy seguros de sí mismos, sin imaginar siquiera que en la profunda oscuridad, alguien no deja de envidiarlos.

Lamentablemente me topé con estas conclusiones no por mi sapiencia, ni por ser buen observador; sino porque aunque me esfuerce, aunque haga un rito en cada noche, respire hondo, le rece al Gauchito Gil, e intente imitar milimétricamente los movimientos de quienes me acompañan, no puedo lograr que un chupetín me dure más de diez segundos, y menos si es de limón.

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